lunes, 12 de diciembre de 2011

¿Dispositivos programados para fallar?

Hace algunos años, cuando trabajaba en el área de tecnología, una intrigante idea cruzó mi mente.  En aquella ocasión estaba gestionando la compra de unos equipos para almacenamiento masivo de información, una inversión de varios miles de dólares.  Las opciones de compra correspondían todas a marcas muy conocidas y acreditadas del mercado.  Luego de algunas semanas de gestión adquirimos unos equipos que traían un tiempo de garantía de un año.  Pasó el tiempo y exactamente dos semanas después del vencimiento del año de garantía, el equipo falló y requirió un servicio por parte del proveedor por un costo importante.  ¡Qué mala suerte! pensé en un principio ante la triste coincidencia.  Luego, fue la primera vez que me pregunté si podrían estar los fabricantes "programando" fallas en ciertos equipos.



La pregunta corresponde únicamente al plano ético puesto que tecnológicamente hablando no presenta ninguna dificultad.  Cada vez más la miniaturización tecnológica ha permitido que dispositivos como cafeteras, relojes, refrigeradores e incluso vehículos cuenten entre sus componentes conuna o más computadoras según la complejidad de sus tareas.  De la misma forma que un dispositivo puede ser programado para informar a un usuario que requiere mantenimiento después de determinado tiempo o uso, de la misma forma - y da miedo pensarlo - se puede programar para que simule una falla o simplemente para que deje de trabajar.

No hace mucho reafirmé aún más este pensamiento cuando una impresora de escritorio (de mucha menor cuantía económica afortunadamente) reportó un error.  Un mensaje apareció en la pantalla de la computadora indicando que estaba lleno el dispositivo que almacenaba los excesos de tinta.  No había más explicación.  El caso es que la impresora no trabajó más.  Me urgía sacar unas impresiones y era ya de noche así que busqué en internet en la página del fabricante sobre ese error y mi sorpresa fue enterarme que el fabricante recomendaba desechar la impresora y que pretender seguir usándola ponía al usuario en riesgo de derrames catastróficos de tinta.  Después de unos minutos de emitir maldiciones e improperios me percaté que en la búsqueda de internet había también algunos resultados que indicaban que ese problema se podía solucionar, indicaciones creadas por usuarios que habían tenido esas experiencias y blogs técnicos independientes.  Fue grande también mi sorpresa cuando encontré que se podía eliminar el error con una suerte de malabares que incluía desconectar de la corriente la impresora, dejar oprimido un botón simultáneamente durante algunos segundos, esperar que parpadeara una luz y volver a encender la máquina.  La receta funcionó y pude continuar con las impresiones que me urgían.

Al día siguiente, con un poco más de tranquilidad decidí desarmar la impresora con la inquietud de que efectivamente por allí tuviera un tanque lleno de tinta y listo para explotar, como se podía interpretar de las instrucciones del fabricante.  Aunque busqué por todos lados, consultando incluso a manuales de mantenimiento técnico del equipo.  Nada.  El dichoso tanquecito ni parecía estropeado y no tenía más que un par de manchas de tinta seca.  ¿Me estaba tomando el pelo el fabricante? ¿O estaría viviendo alguna paranoia que me hacía dudar de la veracidad de lo indicado por el fabricante?  Continué usando la impresora con el truco de internet durante más de ocho meses sin ningún problema más que la molestia de hacer los malabares una vez al día.  Pero el fabricante también había previsto eso y pasado ese tiempo la impresora reportó otro error similar, en esta ocasión nadie, ni siquiera en internet, sabían como solucionarlo.  No me quedó más que sucumbir a lo que percibí como una inmoralidad industrial.

Y las razones sobran para pensar que este comportamiento, sea para una humilde impresora de escritorio o para equipos sofisticados de alta tecnología, se pueda dar.  Por un lado le permite al fabricante controlar el ciclo de vida de sus equipos logrando que no sea tan evidente la obsolescencia solo como estrategia comercial.  Si el producto ya falló es probable que vaya siendo hora de cambiarlo ¿no?  Por otro lado y siendo más incisivo con el asunto una generación de fallas bien planificada y simulada puede generar un flujo de caja importante en repuestos y servicios.  Total, la ola consumista nos ha llevado a pensar en comprar y cambiar constantemente.  Ya pocos son los que esperan que las cosas estén fabricadas para durar mucho tiempo.  En todo caso, la reflexión queda en el aire y cuando su teléfono reporte una falla, pregúntese si realmente estará fallando un componente o si es el fabricante quien le está programando una cita con el maquiavelismo tecnológico de nuestra era.

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